jueves, 15 de octubre de 2015

Tu persona favorita

Estimada señorita,
la veo pasear por la plaza y me llama la atención porque no parece la típica turista gringa que pasa de largo sin mirar pues lo que hay. Usted va fijándose en las personas, en los puestos: en mi ciudad, así como es. México es una ciudad complicada. Mucha gente viene y se va sin comprenderla. Pero ¡si hubiera visto usted las cosas que yo he visto! Casi 70 años llevo viviendo en la ciudad. Cuando yo era niño todo era muy diferente a lo que ve ahora.
Si me permite un consejo, con todo respeto, camine todo lo que pueda. Pero tenga cuidado, que una señorita sola debe tenerlo. Conozca los barrios, los mercados, mire a las personas a los ojos.
Yo suelo sentarme aquí en la plaza y me gusta escuchar programas de radio. El otro día dieron el dato de los millones de personas que dicen que vivimos aquí. Cuando uno llega a mi edad, le tengo que decir, se da cuenta de que eso no es tan importante. Que lo importante es que uno conozca a sus vecinos y que la señora que le vende los bolillos le pregunte por los achaques.

Disfrute de mi ciudad, que es también la suya y aquí estamos a sus órdenes para cuando guste. Ya sabe dónde encontrarme.

Poema en la plaza

Los chicles que fueron tan dulces
se han convertido en lágrimas
negras sobre el pavimento.
El animal de patas circulares descansa
esperando a su amo,
mientras que los que no tienen dueño
porque son de todos
se exhiben esperando a alquilar su cuerpo.
Miro la puerta que podría conducirme hasta las entrañas de a Tierra

y añoro aquél lugar.

Entre esdrújulos

Querida África,
sabes que soy perezoso con la correspondencia y una vez más me he dormido en los laureles con la respuesta que te debía.
En tu carta me decías que estabas de mala uva con Europa, por lo mal que estaba llevando lo de los refugiados sirios. Entiendo que tú empatices más con Asia en este asunto y me parece bien que te enfades. Pero si pudieras veros desde aquí. No sé por qué dicen que sois tres continentes… y si lo sois, debéis de ser hermanas siamesas. No entiendo cómo no sois capaces de cooperar más entre vosotras.
Por aquí la vida es más tranquila, ya sabes. He empezado una dieta nueva que estimula los durícuaros para tener más agua. Ya verás, voy a quedar hecho un figurín. Bueno, no sé si lo verás porque no sé si América te enseña las fotos que me hace.
Ya sé que sientes que tus hermanas no te hacen caso, pero sabes que aquí me tienes a mí para lo que necesites.
Júpiter

P.S. Han subido el franqueo a 20 pesos interestelares. Te mando un sello para que no tengas tú que gastar tanto cuando quieras escribirme.

Mi corazón

Soy un hombre hecho a sí mismo. Yo fui capaz de ver la oportunidad donde los demás sólo veían un futuro miserable arañando la tierra rojiza y caminando durante horas para mendigar un balde de agua. Yo fui el único que entendió qué necesitaba esta comunidad para prosperar. Por eso todos me respetan. Los que más confianza me ofrecían trabajan para mí, aunque saben que es un trabajo arriesgado. Yo debería ser para estos desagradecidos más que Dios, porque yo me he quedado aquí ocupándome de ellos y protegiéndoles, mientras que Dios se ha olvidado de ellos.
En este pueblucho crecí, jugando al balón a la salida de la escuela. Todos soñábamos con ser grandes estrellas del fútbol. Era nuestra vía de escape hacia Europa. Nos llaman “el continente negro”, pero deberían decir “el agujero negro”. Si naces aquí, ya sabes la vida que te espera. Por eso todos los chiquillos imaginábamos que nos fichaban los grandes clubes y dejábamos atrás esta inmensa nube de polvo rojo que se te pega en los pulmones.
Khalil y yo estábamos seguros de que saldríamos de aquí. Sueños infantiles. Por suerte yo encontré un futuro mejor para todos. Desde el principio él me apoyó y fue mi hombre de confianza. Éramos como hermanos. Cada vez que me acuerdo de él siento una punzada en el corazón. Él sabía a lo que se exponía y que no podía cometer ni un sólo error. Los militares no tienen miramientos. Son sicarios sin escrúpulos ni alma, que no se dan cuenta de que están luchando en el lado equivocado.
Después de aquello, su madre se fue del pueblo. Nunca tuve la ocasión de hablar con ella. Ya han pasado más de dos años y el dolor de haber perdido a mi único amigo de verdad es cada vez más agudo. Cuando paso frente a su casa es aún peor. La punzada es tan fuerte que me hace doblarme de dolor, aunque el chofer tiene la orden de pasar lo más rápido posible.
He ido en aviones privados a todos los extremos del país para visitarlos a los médicos más importantes. Yo no puedo correr el riesgo de ir por carretera. Ninguno da con lo que me pasa. Un iluminado me recomendó, si podía pagarlo, a un especialista extranjero. Claro que tengo dinero para pagar a ese matasanos, pero en cuanto pusiera un pie al otro lado de la frontera se me echarían encima todas las agencias internacionales de seguridad e inteligencia. El último, antes que admitir su incompetencia me ha sugerido que busque consejo entre los antiguos chamanes. ¡Y se hace llamar doctor!

Sin corazón

Akono era, como él solía decir, un hombre hecho a sí mismo. Todos en la comunidad lo sabían. Y también que no lo había hecho por los medios más honestos. Sus antiguos vecinos ahora le temían. Sus amigos de la escuela habían terminado trabajando para él y muchos estaban muertos por ello. Akono protegía a los leales, pero había riesgos que ni él podía impedir.
Tiaret era madre de uno de esos que había tenido peor suerte. Era el mejor amigo de Akono y debía hacerse cargo de las “operaciones especiales”. Cuando dio un paso en falso los militares se le echaron encima. No pudo defenderse. De la noche a la mañana Tiaret pasó de ver a Akono como el chiquillo que solía jugar con su hijo a verlo como un verdugo despiadado. Un traidor sin agallas que estaba destrozando la comunidad para enriquecerse cada vez más. Parecía no tener alma. Pero Tiaret, que lo había visto crecer, notaba que la culpa lo atenazaba y que no había sido capaz de mirarla a los ojos desde aquella noche. Lo notaba incluso a través de los cristales tintados de la limusina con la que levantaba el polvo rojizo de los caminos. Una señal más del muro que lo separaba de la comunidad. De la que había sido su comunidad.
Aquellos dos chiquillos fueron como hermanos y así lo pactaron un día que ya nadie recordaba, mezclando su sangre e intercambiando mechones de su cabello rizado que guardaron en sendos sobres con el pacto manuscrito y firmado por los dos. Akono perdió el suyo junto con los escrúpulos en su escalada corrupta. Tiaret encontró el que su hijo guardaba con devoción bajo su camastro al recoger sus cosas pasados los días de luto.
No lo dudó. Tenía las armas y no iba  a perder la oportunidad. Cerró sus asuntos y durante dos años se  mudó con su abuela, que seguía viviendo sola en una vieja choza un poco retirada de las demás, para que le enseñara los misterios casi olvidados del vudú.

miércoles, 14 de octubre de 2015

Poema

Cosas

Ahí está, inmóvil, como ausente, de metal y polvo
como una tortuga fosilizada, en caída por siempre
triste por haber perdido el mar

Una boca que se abre y escupe gente pequeña
grande, vestida y sumisa
la misma gente que vuela y cae
entre el suelo y el aire

Una espiga entre la tierra, negra, alta
con una punta de luz apagada
esclavizada a la energía
siempre para ver, siempre para caminar.

Carta de Júpiter a África

África
Presente

Te comento que las últimas tres noches no he podido dormir por la razón que tu ya sabes. No quisiera incomodarte más ni creo que este sea el medio adecuado para hacerlo pero todos en el sistema creemos que debes devolver la uva de los inicios. Tú no eras la elegida para iniciar la vida. Bueno, en realidad nadie en el sistema lo era, pero eso no importa. Lo peor fueron los veinte pesos que dejaste sobre la silla del grandísimo durícuaro. Una burla total. La junta está deliberando en estos momentos y la cosa no pinta nada bien. Podrían expulsarte y sería una gran pena. Por lo tanto, te pido de la manera mas pronta te presentes y encares las consecuencias. No te aseguro una condonación a tu acto descabellado pero si una reducción a tu castigo. No bromeo, el asunto es más serio de lo que piensas, de lo que pensamos todos. Se ha roto la confianza entre el sistema y la tierra. Así que trae tu figurín de vuelta y déjate de tonterías.

Atentamente
Júpiter  

Menos de 80 k/h (narrador en primera persona)

Eran las siete menos quince cuando me encontraba manejando mi Tsuru por el circuito. Para hacer el viaje más llevadero escuchaba como siempre y para alabanza del Señor, el discurso que dio el pastor Maldonado en la congregación de fin de año. Alabado el pastor y alabado el Señor. Creo que no voy a llegar al templo, Martita, mi esposa por más de diez años me espera ahí. Y es que, ¿por qué la gente viaja tan rápido?, no lo entiendo; la prisa es totalmente una invención del “malo” y lo digo haciendo una reverencia al Señor Jesucristo. Puedo llegar (manejando a menos de ochenta k/h) cinco minutos después, no tarde, después, que uno que viaja a toda velocidad o a la que el tráfico se lo permite. El Señor es quien dispone y no quiero disponer por él. Alabado sea el Señor. Sonó mi teléfono, era mi jefe, el no es creyente pero es buena persona o al menos lo intenta. Perdón gente, pero tengo que estacionarme para contestar. Bueno, si, perdóneme pero venía manejando y no pude contestarle a la primera. Si, si, claro que sí, gracias, gracias, que el Señor le de salud y más bienestar, si, lo siento. Gracias Señor por escuchar mis plegarias. ¡Dios, me olvidé por un instante de Martita! Bueno, amor, oye, me acaba de ascender mi jefe, si amor, no podré llegar para empezar, pero dale gracias al Señor de mi parte. Te veo en un rato, te amo esposa mía. Muy pocas veces lloro, pero esta vez creo que es importante, pero, vamos a movernos de aquí. Que feliz me siento, y todo es por promover el mensaje del Señor, lo se aho… que, ¿qué pasó, choqué, me chocaron? pero… ¿cómo? si yo siempre manejo a menos de 80 k/h. ¡Alabado sea el Señor!

Menos de 80 k/h (narrador omnipresente)

Héctor manejaba por el circuito mientras escuchaba el discurso de algún pastor. Pensaba que no iba a llegar a tiempo a la misa en el templo evangelista donde se encontraría con su mujer. Y no iba a llegar porque nunca conducía a mas de ochenta. Tenía la idea que la diferencia entre manejar a una velocidad crucero e ir demasiado rápido era de tan solo unos minutos. El señor, decía, dispone y no quiero disponer por él, decía siempre. El teléfono sonó, vio en la pantalla que se trataba de su jefe y buscó una oportunidad para estacionarse; se llevó algunas imprecaciones obscenas a las que se limitó a santiguarse. Marcó rápidamente, su jefe contesto de mala gana. Héctor asentía una y otra y otra vez, al final se despidió agradeciendo. Marcó de nueva cuenta. Esta vez contesto su mujer. ¿Mi vida? Me han ascendido. Por su mejilla empezaron a rodar algunas lágrimas. Estaba visiblemente emocionado. Se despidió y le dijo que la amaba. Colgó y le agradeció al  Señor algunas veces antes de ponerse en marcha. Empezó a cantar una vieja oración que su madre le había enseñado, le gustaba cantarla ahora a sus dos hijos. Un instante, solamente un instante mientras cantaba y miraba por el parabrisas hacia el cielo basto para la distracción. Chocó y volcó su auto. Cosa casi imposible si consideramos que nunca rebasaba los ochenta kilómetros por hora. 

Poema del parque

Una banca que sirve de cama dentro de esta casa sin techo llamada ciudad.

Un par de guardianes del órden, ¿que órden? no lo sé

Un señor empujando un diablo con una carga invisible, pero que, a juzgar por su cara, es muy pesada.

Un árbol saliendo de la tierra como buscando la libertad, sus ramas parecen querer tocar el cielo.


Carta de mi persona favorita del parque

Hola David,

Me acordé de ti por que estoy escuchando el disco de Miles Davis que me regalaste, lo pasé a mi celular y me vine al centro a escucharlo mientras disfruto de mi mañana.

Mi día va muy tranquilo, espero que el tuyo vaya igual.

Cuando me pongo mis audífonos y empiezan a sonar los primeros acordes, es como si apareciera una burbuja a mi alrededor aislandome de la frialdad exterior y de pronto, todo es hermoso otra vez, mi alma sonríe y mi corazón ya no duele.

Tienes razón, la vida se disfruta más con música. Como un soundtrack personal.

Me dedico a observar a las personas, volteo a ver los edificios, veo el cielo, y me doy cuenta como todo se sincroniza con las notas, y con el ritmo fluye, y todo se mueve y todo se detiene al mismo tiempo, como una fotografía viva. Por momentos también cierro los ojos y me dejo llevar, luego los vuelvo a abrir y como niño sonrío al descubrir que la música sigue ahí, no se vá. No quiero pensar que pasará el día que lo haga.

Es el mejor regalo que pude haber recibido.

Gracias por la música,

Un saludo afectuoso,

Tu persona favorita del parque.


Carta de Júpiter a África

¡Hola África!,

¿Cómo estás? Ya no he sabido nada de ti. ¿Cómo sigues con tus proyecto de ser piloto de carreras? Nunca he dudado de tu capacidad para lograrlo. ¿Tu marido como te trata? Ese gordo cara de uva. Honestamente nunca me ha caído bien, una mujer como tú se merece algo mejor. Me lo imagino todas las noches dormido de aburrimiento con la tele prendida pasando un partido de futbol, mientras tú estás tratando de conquistar el mundo.

Todavía me acuerdo cuando empezabas a pilotear, ¿Te acuerdas como iba a ver todos tus entrenamientos? Con tu figurín colgando del cuello siempre cuidándote. Yo siempre al pendiente de ti.
¿Sabes? Siempre te pienso mucho, no creas que estoy enamorado de ti ni nada, pero eres una amiga muy especial, por eso me gusta estar al pendiente.

También sé que aunque ya no nos vemos mucho, siempre tendremos Dyrícuaro, ¿Te acuerdas? la lluvia,  las estrellas, el son cubano y el tequila. ¡Todavía me acuerdo que no quisiste bailar conmigo! ¡Que mala eres, me debes un baile!.

Perdón por no mandarte algo más que esta tonta carta y este feo jarrón de veinte pesos, pero ahora no hay otra cosa a la mano. Prometo mejorar los regalos en las próximas cartas. ¡Eres la mejor del mundo!

Tu amigo de siempre,


Júpiter

Ella es Leticia (mi contrario - narrador omnipresente)

Ella es Leticia. Mormona de 17 años. Firme creyente de su fe, aunque a veces nota ciertas inconsistencias que prefiere ignorar y seguir con su vida. Interesada en el trabajo de oficina, quiere ser contadora de grande. Su plan es ir a la universidad, terminar sus estudios, conseguir un buen trabajo, casarse –con otro mormón por supuesto- tener hijos, una casa con alberca, una televisión muy grande, trabajar duro hasta jubilarse y después envejecer y morir.
Una mañana Leticia se despierta con la noticia de que a su madre la atropellaron. Muy temprano, la señora se había dispuesto a llevar ropa y comida a un orfanato no muy lejos de ahí, y mientras cargaba las cosas en el auto, una conductora en estado alcohólico la atropelló. 

Por primera vez Leticia siente algo en su interior que iba en contra de todo lo que su credo profesaba; el deseo de matar.

Por la tarde, mientras todos seguían ocupados con el velorio, sacó las llaves del carro de su papá sin que nadie se diera cuenta y salió con cualquier pretexto.

Había podido investigar la dirección de aquella mujer, era la hija de un político local, así que no fue muy difícil dar con su casa.

Se estacionó a unas cuadras y espero...

Ahí está, va saliendo de su casa con 3 amigas, muy quitada de la pena, como si nada hubiera pasado.
Leticia sintió que su estómago ardía. Como.Si.Nada.Hubiera.Pasado. 

Las siguió todo el día; fueron de compras, luego a un restaurante de esos caros donde empezaron a beber, se les unieron más amigos y así transcurrió todo el día. Al caer la noche fueron al lugar de moda a seguir emborrachándose.

Leticia espero. De repente; su objetivo: Ahí está, indefensa, borracha, vomitando en la calle sin nadie que la cuide, parece que dios se la puso a modo, y lo mejor;  ahora nadie está viendo…



viernes, 9 de octubre de 2015

Secretaría Nacional de Explosión Social (Del cuento: Azúcar en los labios)

Desde hace 6 meses que nuestro hijo murió a causa de que la maldita Secretaría Nacional de Expulsión social nos negó la salida. Necesitábamos viajar urgentemente al país del norte donde estaban los únicos médicos capacitados para realizar una intervención quirúrgica que podría salvar a nuestro hijo.

Mi esposa y yo hicimos hasta lo imposible por conseguir el dinero que necesitábamos, nos endeudamos, nuestros hermanos se endeudaron, nuestros padres se endeudaron, incluso algunos amigos se endeudaron, y ya por fin, teníamos el dinero suficiente para salvar a nuestro hijo, sólo era cuestión de obtener un permiso de la secretaría del déjeme salir, cómo mejor se le conocía.

Permiso denegado, nos dieron cita para volver a intentarlo en 6 meses -Pero señorita…- pero nada, permiso denegado, nos dijo la mujer encargada de decidir quien salía y quién no del país, avalando su negación con un sello rojo que caía sobre la hoja petitoria con un estruendo tal que se nos iba la vida con ello.

Nuestro hijo murió a la siguiente semana. Todo fue en vano por causa de una egoísta funcionaria de gobierno que lo único que quiere es ver con quien desquitarse del odio que le tiene a su vida propia.

En los siguientes meses me dediqué a regresar el dinero que me habían prestado y a cerciorarme de que todos los que me habían ayudado estuvieran bien y sin deudas por mi culpa.

Después le platiqué a mi esposa mi plan: Yo iría a nuestra segunda entrevista en la SENES (Secretaría Nacional de Expulsión Social) cubierto de dinamita y una bomba que accionaría justo al llegar al mostrador matando a todos los culpables de la muerte de nuestro hijo. Para mi sorpresa, mi esposa estuvo de acuerdo, con una sola condición: -Yo voy contigo- dijo - de todos modos ya estoy muerta-

Llegó el día, habíamos vendido todas nuestras posesiones para comprar los artilugios de muerte que llevábamos repartidos por todo el cuerpo y lo que sobró se lo dimos en secreto a nuestros respectivos padres. Les dejamos una carta también, explicándoles todo y dándoles instrucciones sobre qué decir y qué hacer cuando la policía fuera a interrogarlos: "llevaban años que no nos hablaban, eran muy huraños, no convivían con la familia, de hecho pensamos que ellos mataron a su propio hijo", eso ayudaría al estado a crear unos monstruos mediáticos alrededor de nuestras personas y con ello, justificar el ataque a la SENES. Obviamente nunca podrían decir que el ataque se debió a la frustración de unos padres dolidos debido a su incompetencia como secretaría y a su inhumanidad como gobierno, y lo más importante, ayudaría a que no hubiera represalias contra su familia.

Estábamos en la fila, a unos metros del escritorio, cuando de repente mi esposa me hizo una pregunta que me dejó helado, y que por mas obvia que era, en medio de todo mi dolor no me había detenido a pensar: -¿y que hay de toda esta gente inocente?-  No le respondí nada. Ella interpretó mi silencio. Es mejor no pensar, de todas formas, ellos ya están condenados.

Alcanzamos a ver como rechazaban a otro más que abandonaba la oficina con una cara de afligido. Mañana se dará cuenta de la suerte que tuvo, otros 20 minutos aquí y hubiera volado con nosotros. En el edificio no había mucha seguridad, por lo que les fue muy fácil entrar con ropa holgada que disimulara la carga de explosivos que llevaban atados al cuerpo.

La señora dueña del destino de los emigrantes, decidió hacer una pausa para seguir comiendo donas con café mientras hablaba de su estúpida vida con otra de sus compañeras. Hasta me pareció escuchar al jefe de repente pidiendo mas donas y café.

-Ya casi llegamos al mostrador- le dije a mi esposa, nuestros ojos mostraron un brillo reflejando la esperanza de cumplir nuestra venganza. En teoría no importaba si explotábamos desde la puerta o desde el mostrador, toda la maldita oficina se iba a ir al infierno con nosotros, aún así, queríamos asegurarnos de llevarnos a esa perra con nosotros, no queríamos dejar ninguna posibilidad de que sobreviviera, aunque, dejarla desfigurada y tal vez lisiada por el resto de su vida también resultaba una idea atractiva, pero no queríamos arriesgarnos.

De repente un hombre joven, el siguiente en ser atendido, voltea a vernos al tiempo que hace un ademán con la cabeza en señal de saludo. Estamos a punto de matarnos y éste imbécil todavía quiere ponerse a socializar. No tenemos tiempo para eso. Lo ignoramos. El hombre pasa al mostrador, al parecer es aceptado; otro suertudo más que no moriría hoy.

Había todavía unas cuantas personas más antes que nosotros, algunas aceptadas, la mayoría rechazadas. Alcanzamos a ver a aquél hombre joven cruzar la línea divisoria del país del norte, y aún así se veía tan triste.

Por fin llegamos al mostrador, -Sus papeles- dijo la señora.

Me limité a mirarla fijamente a los ojos, -Sus papeles- repitió con más violencia.

Voltee hacía mi esposa, nuestras miradas se enlazaron en un segundo que pareció durar horas, de repente la atraje hacía mi y le planté un beso en los labios, sentí como le escurrían las lágrimas por las mejillas pero no dejaba de besarme. Mis ojos también empezaban a llorar.

A lo lejos alcancé a escuchar a la mujer de verde gritar su odio a diestra y siniestra: ¡¿Que significa esto?! ¡Sepárense! ¡Salgan de aquí ahora mismo! ¡Su permiso está denegado para siempre! ¡De por vida! ¡Si siguen con esto no sólo no podrán salir del país sino que van a pasar el resto de sus años en la cárcel! ¡Guardia! ¡Guardia!

No le di importancia alguna, sólo me importaba mi esposa y mi hijo al que pronto veríamos.

Con cuidado, alcancé el botón detonador que sostenía abajo de mi manga, los gritos de la mujer del mostrador seguían retumbando por toda la sala. Los pasos de los policías se oían cada vez mas cerca. Te amo esposa. Te amo hijo...
.
.
.
.

¡BUM!




SILENCIO INCÓMODO (OBSTÁCULOS DE AMOR - ADULTERIO)

Mauricio salió de su casa rumbo al trabajo, se subió su coche y tomó la misma avenida de siempre, la conocía tan bien, que sus movimientos eran casi automáticos, ya se había memorizado cada vuelta, cada banqueta, cada árbol y cada palmera del camellón, incluso, según él, podía predecir cuanto tiempo faltaba para que se pusiera el rojo en cada semáforo.

Mariana odiaba manejar, siempre se estresaba demasiado y terminaba peleando con medio mundo, por lo cual, prefería tomar taxi para ir a trabajar. El taxi de siempre, que la llevaba diario a su oficina, ya esperaba afuera de su edificio. Bajó corriendo las escaleras, mientras trataba de ponerse los aretes al mismo tiempo -  Hola don Rubén, ¿como esta? - Bien Marianita, gracias, ¿Usted? - También, gracias - y partieron.

Mauricio siempre desayunaba antes de salir de su casa, pero ese día se le hizo tarde, así que se paró en la primer fonda que encontró en el camino a desayunar algo. Para Mariana en cambio, desayunar en esa fonda era parte de su rutina diaria.

Cuando se vieron los ojos por primera vez en 5 años, no supieron como reaccionar, después de un breve silencio incómodo, comenzaron con los saludos de rigor y las pláticas triviales sobre el clima y la devaluación del peso que todo mundo hace cuando no tiene nada que decir.

Otro silencio incómodo.

Mauricio la invita a sentarse en su mesa y desayunar con él, ella, aunque un poco indecisa, acepta, y los dos piden un café, sin crema y sin azúcar.

-Como en los viejos tiempos, ¿no?

-Casi- respondió Mariana con una sonrisa nerviosa

Siguieron hablando de trivialidades por un rato; ella le cuenta que ahora trabaja en una compañía constructora situada a unas cuadras. El le cuenta que está empezando un nuevo trabajo al otro lado de la ciudad, pero que ese día tenía cita con un cliente cerca de ahí.

Terminan de desayunar, Mauricio paga la cuenta, y luego se ofrece a llevarla a su trabajo -Me queda de camino, no es problema - dice.

Mariana puso cara de no estar segura, pero respondió con un -Si, bueno- y los dos subieron al coche.

En el camino, Mariana le va platicando de su hijo, de como va en la escuela y de como está enamorado de su maestra. Los dos ríen y después, otro silencio incómodo.

-¿Y tu esposo?- dice por fin Mauricio.

Mariana duda un poco - Bien

-¿Nunca sospecho de nosotros?

-Si…

Silencio incómodo.


-¿Y tu esposa?

-Bien

-¿Nunca sospecho de nosotros?

-Si...

Ambos voltearon a verse y lanzaron una risa que mezclaba complicidad y melancolía.

Se quedan viendo a los ojos por un rato, hasta que un claxon le avisa a Mauricio que ya se había puesto el verde.

Mariana suspiró, como quién desea haber tenido el valor de seguir a su corazón.

-¿Que pasó?- preguntó Mauricio

-Nada- respondió Mariana

Y nada pasó. Llegaron al trabajo de Mariana, se despidieron prometiendo seguir en contacto pero sabiendo que nunca más se iban a volver a ver.

Mauricio en su interior siempre le reprochó a Mariana haber cambiado el amor que él le tenía por el dinero que su esposo le daba poniendo como pretexto a su hijo. En fin, así es la vida, se dijo, probablemente yo haría lo mismo en su lugar.

Agitaron las manos una última vez en señal de despedida y ambos siguieron con su día como siempre.

Nunca más se volvieron a ver.

Silencio incómodo...